Resulta conveniente en estos
tiempos de fragilidad, revisitar “El bosque”, la película de Shyamalan, en la
que se describe la creación de una sociedadex novo, con todos sus elementos: la construcción de valores, normas, patrones de comportamiento, prohibiciones, tabúes, mitologías y rituales.
En una aislada
aldea del siglo XIX rodeada por un bosque, sus moradores viven bajo la
prohibición de atravesar ese bosque debido a la existencia de unas criaturas
terribles de color rojo. Desde niños viven ese terror ya que en ocasiones, las
criaturas aparecen y atacan el ganado por lo que los habitantes de la aldea se
ven obligados a esconderse en los sótanos de las casas. Mas allá de esta
circunstancia, la vida de la aldea aparece como idílica. Los ciudadanos
consensúan sus decisiones bajo la tutela amable de los padres fundadores de la aldea
que presiden el consejo. Los jóvenes crecen, se enamoran y forman nuevas familias,
acatando las normas, al menos en apariencia, pero siempre bajo la amenaza
constante del terror a las criaturas. Unas criaturas a las que ni siquiera se
nombra: “aquellos de los que no hablamos”. Gracias a un hecho fortuito, el
espectador descubrirá que la acción transcurre realmente en la actualidad, que
la aldea había sido fundada por personas de finales del siglo XX que huían de
nuestra sociedad y del miedo y el dolor producido por la muerte violenta de
algún ser querido, que las criaturas terribles no existían y que la pervivencia
de esa arcadia feliz dependía paradójicamente de mantener un terror lo
suficientemente fuerte como para anular la curiosidad natural de los jóvenes.
El terror como
arma de poder es un asunto antiguo, lo novedoso en las últimas décadas es la
forma en que se ejerce. En las dictaduras, el terror puede ser ejercido
recurriendo a la violencia explicita pero no así en las sociedades democráticas
donde la violencia física queda relegada a solución ultima y en ocasiones,
aunque legal, es considerada como no legitima. En las sociedades democráticas
el terror se ejerce sobre la población de forma suave bajo la apariencia del
consenso y haciendo uso de los tabúes elaborados desde la corrección política
de los medios. Hay cuestiones que no
pueden ser abordadas, sobre las que no puede haber opinión y si las hay, han de
serlo desde una óptica predeterminada que elimina la disidencia. Aquel que osa
atravesar el bosque se encuentra con las criaturas terroríficas (el
desprestigio social, la descalificación profesional, la exclusión…) que lo
devuelven forzosamente a la “placidez” de la aldea. Y esa función la cumplen
los medios de comunicación que desde que la Escuela de Frankfurt comprendiera
su poder, se han convertido en el más implacable instrumento de control social.
A pesar de esto, muchos ciudadanos mantienen en el silencio opiniones y
visiones consideradas incorrectas mientras que los políticos, inmersos y
participes en parte del entramado, se dejan guiar por la corrección política de
los medios creyendo que estos expresan el pensamiento de los ciudadanos cuando
en realidad no expresan más que sus propios dogmas. Hablar de inmigración, de
discriminación, de religión, del género, de la vida, de la sexualidad, del
animalismo, de las culturas, de la genética o del cambio climático, por poner
algunos ejemplos, desde la óptica considerada como no correcta resulta una
herejía social de la misma forma que ciertas opiniones lo fueron en tiempos de
la inquisición católica y protestante o como lo era para los habitantes de la
aldea cuando pretendían atravesar el bosque o utilizar el color rojo de
aquellos de los que no hablamos.
Amigo Carlos, no sabía que tenías este blog. Lo he descubierto al buscar en Internet este artículo que ya había leído en prensa antes. Mira por donde voy a poder disfrutar de otros artículos (o entradas o como se llamen) tuyos. Este particularmente me encanta. Un abrazo.
ResponderEliminarAlfonso Conejo
Muchas gracias Alfonso. Este articulo nacio como idea inicial para un ensayo. Espero tener tiempo para darle forma. Un abrazo y gracias de nuevo
Eliminar