martes, 22 de septiembre de 2015

Artículo publicado en El Faro de Ceuta sobre el proceso catalan

Españolita de mierda

                Corría el año 1982 cuando llegué a ese pequeño pueblo de Lérida donde alguien, que debía odiar mucho a los suboficiales, había tenido la ocurrencia de situar allí su academia militar. Estábamos en plena campaña electoral y casi toda la cartelería rezaba en catalán, incluida la del PSOE y su “pel canvi”. Se trataba de una población minúscula pero los taxis que nos llevaban de la estación del ferrocarril a la academia eran marca Mercedes cuando en Madrid todavía eran SEAT, señal inequívoca de que a los aldeanos de la cuenca les iba bien económicamente. La principal fuente de ingresos de toda la comarca era la propia academia donde curso tras curso, más de mil hombres entre alumnos y soldados, engordaban las cuentas de todos los proveedores, comerciantes y hosteleros de la zona. Vivían de nosotros a la vez que nos profesaban un profundo odio. El “insulto” habitual con el que se referían a nosotros era el gentilicio “español” acompañado de un calificativo soez. He recordado mi primera experiencia catalana cuando he leído en prensa la campaña de acoso a una niña en Sabadell por parte de sus compañeros de clase, con la aquiescencia de profesores, utilizando ese familiar “españolita de mierda”. Pero como suele ser habitual en los medios, el análisis que se hace del hecho es erróneo al relacionar esta actitud con el proceso separatista actual. El profundo odio a España y a los españoles por parte de un sector importante de la población catalana no es de ahora, ni tiene que ver con el proceso separatista reciente, sino que es una realidad antigua y muy fuerte, especialmente en las zonas rurales. Durante los últimos treinta años los nacionalistas hicieron su trabajo utilizando la educación para fortalecer ese odio y los partidos constitucionalistas miraron para otro lado con la esperanza absurda de que alimentar a la bestia acabaría por calmarla.
                Cuando en el verano del 83 crucé el límite con Aragón me juramenté no volver a pisar aquellas tierras en las que te hacían sentir como un extranjero, pero como las intenciones están sujetas a las realidades, veinte años más tarde tuve que regresar. Me destinaron forzoso a Figueras. Volví a vivir el desprecio explicito cuando utilizabas el español (me niego a utilizar el término castellano que es lo que quieren los nacionalistas) en los comercios mientras atendían con afabilidad a los numerosos turistas foráneos. Las amables monjas del colegio donde debían estudiar mis hijos me explicaron que solo se daban tres horas de español a la semana y lo hacían en las clases de gimnasia para así cumplir el cupo obligatorio de la lengua de Cervantes. Y ni un minuto más. Decidí que no merecía la pena hacer pasar a mi familia por el ostracismo o la persecución así que pedí la baja en el ejército. Era preferible recoger cartones en cualquier lugar de España que ser funcionario en Cataluña. Mientras se tramitaba la documentación relativa a mi nueva situación administrativa y como raquítico acto de rebeldía, pasé mis últimos días en la localidad gerundense, comiendo y cenando en un restaurante chino tras cerciorarme de que camareros y dueños eran, efectivamente, chinos.  

                Desde mediados del siglo XIX, pasando por el arancel Cambo de 1922, España ha estado sujeta a los intereses económicos de la burguesía catalana que a su vez ha alimentado el desprecio por el resto de los españoles. Unos españoles que durante décadas nos hemos comportado como si les debiéramos algo cuando nada debíamos. Ortega decía que el problema catalán no era un problema a resolver sino a conllevar pero es hora ya de poner las cartas sobre la mesa, de utilizar la firmeza, toda la firmeza, que nos proporciona nuestro sistema legal, sin complejos ni ambages, o en caso contrario, aprovechar la circunstancia y refundar la nación española sin elementos parásitos. Cualquier cosa menos negociar un nuevo concierto económico, unos nuevos privilegios a añadir a esta España asimétrica donde se premia a los desleales. Cualquier cosa menos seguir subvencionándoles el odio. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario