Españolita de mierda
Corría
el año 1982 cuando llegué a ese pequeño pueblo de Lérida donde alguien, que
debía odiar mucho a los suboficiales, había tenido la ocurrencia de situar allí
su academia militar. Estábamos en plena campaña electoral y casi toda la
cartelería rezaba en catalán, incluida la del PSOE y su “pel canvi”. Se trataba
de una población minúscula pero los taxis que nos llevaban de la estación del
ferrocarril a la academia eran marca Mercedes cuando en Madrid todavía eran
SEAT, señal inequívoca de que a los aldeanos de la cuenca les iba bien
económicamente. La principal fuente de ingresos de toda la comarca era la
propia academia donde curso tras curso, más de mil hombres entre alumnos y
soldados, engordaban las cuentas de todos los proveedores, comerciantes y
hosteleros de la zona. Vivían de nosotros a la vez que nos profesaban un
profundo odio. El “insulto” habitual con el que se referían a nosotros era el
gentilicio “español” acompañado de un calificativo soez. He recordado mi
primera experiencia catalana cuando he leído en prensa la campaña de acoso a
una niña en Sabadell por parte de sus compañeros de clase, con la aquiescencia
de profesores, utilizando ese familiar “españolita de mierda”. Pero como suele
ser habitual en los medios, el análisis que se hace del hecho es erróneo al
relacionar esta actitud con el proceso separatista actual. El profundo odio a
España y a los españoles por parte de un sector importante de la población
catalana no es de ahora, ni tiene que ver con el proceso separatista reciente,
sino que es una realidad antigua y muy fuerte, especialmente en las zonas
rurales. Durante los últimos treinta años los nacionalistas hicieron su trabajo
utilizando la educación para fortalecer ese odio y los partidos
constitucionalistas miraron para otro lado con la esperanza absurda de que alimentar
a la bestia acabaría por calmarla.
Cuando
en el verano del 83 crucé el límite con Aragón me juramenté no volver a pisar
aquellas tierras en las que te hacían sentir como un extranjero, pero como las
intenciones están sujetas a las realidades, veinte años más tarde tuve que
regresar. Me destinaron forzoso a Figueras. Volví a vivir el desprecio explicito
cuando utilizabas el español (me niego a utilizar el término castellano que es
lo que quieren los nacionalistas) en los comercios mientras atendían con afabilidad
a los numerosos turistas foráneos. Las amables monjas del colegio donde debían
estudiar mis hijos me explicaron que solo se daban tres horas de español a la
semana y lo hacían en las clases de gimnasia para así cumplir el cupo
obligatorio de la lengua de Cervantes. Y ni un minuto más. Decidí que no
merecía la pena hacer pasar a mi familia por el ostracismo o la persecución así
que pedí la baja en el ejército. Era preferible recoger cartones en cualquier
lugar de España que ser funcionario en Cataluña. Mientras se tramitaba la
documentación relativa a mi nueva situación administrativa y como raquítico
acto de rebeldía, pasé mis últimos días en la localidad gerundense, comiendo y
cenando en un restaurante chino tras cerciorarme de que camareros y dueños eran,
efectivamente, chinos.
Desde
mediados del siglo XIX, pasando por el arancel Cambo de 1922, España ha estado
sujeta a los intereses económicos de la burguesía catalana que a su vez ha alimentado
el desprecio por el resto de los españoles. Unos españoles que durante décadas
nos hemos comportado como si les debiéramos algo cuando nada debíamos. Ortega
decía que el problema catalán no era un problema a resolver sino a conllevar
pero es hora ya de poner las cartas sobre la mesa, de utilizar la firmeza, toda
la firmeza, que nos proporciona nuestro sistema legal, sin complejos ni
ambages, o en caso contrario, aprovechar la circunstancia y refundar la nación
española sin elementos parásitos. Cualquier cosa menos negociar un nuevo
concierto económico, unos nuevos privilegios a añadir a esta España asimétrica
donde se premia a los desleales. Cualquier cosa menos seguir subvencionándoles
el odio.
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