Durante siglos las personas lo eran
según su pertenencia a un grupo. Dependiendo de la religión que se profesase,
de la etnia o la raza, del estamento social, del linaje, del sexo (hasta el
siglo XX la humanidad vivía ajena al género, salvo para la gramática) o del
territorio, las personas poseían diferentes derechos, deberes, privilegios,
cargas y obligaciones. Así, un noble solo podía ser juzgado por sus pares y se
le aplicaban penas diferentes a las aplicadas a uno del común por el mismo
hecho. Cristianos, hebreos y musulmanes tenían sus propias normas y alcaides,
los habitantes de un pueblo pagaban más impuestos que los de la villa vecina
por poseer diferentes fueros concedidos por el rey, las personas de otra raza o
etnia podían ser consideradas mercancía y ser esclavizados, etc.
La
Ilustración fue el inicio de un cambio lento y paulatino iniciado por aquellos
ilustrados que observaban de forma crítica las diferencias. El liberalismo y el
marxismo son hijos de esa Ilustración que pretendía eliminar diferencias sobre
la base de una sola identidad, los primeros sobre el concepto de nación y los
segundos sobre la clase social. El triunfo de la identidad nacional sobre la
conciencia de clase se hizo patente en la Primera Guerra Mundial y los estados
europeos fueron reduciendo diferencias internas sobre la idea del ciudadano
nacional. E íbamos por ese camino, incompleto aun, cuando la corrección
política neomarxista norteamericana no vendió el artefacto del multiculturalismo,
esa ideología que alaba las diferencias y pide distintos deberes y derechos
para los distintos grupos, “ciudadanía diferenciada” le llaman. Porque ahora
las personas no son individuos, ahora son parte de un grupo, de un colectivo
dicen los cursis. Ya no somos Manolito o Lola, ahora somos parte de una
comunidad con un rasgo característico e inelegible: hombre o mujer, cristiano o
musulmán, hetero o gay, minoría étnica o mayoría societal.
El
juego de identidades se puede apreciar en eventos como los juegos olímpicos y su
correlato en las redes sociales donde se compartían las hazañas de los
deportistas patrios pero también las victorias de mujeres extranjeras por ser
mujeres o de musulmanas por ser mujeres y musulmanas. Si un hombre celebrase en
la red la victoria de otro hombre solo por ese hecho o por ser cristiano seria
tachado de machista y supremacista. Porque al igual que en el Antiguo Régimen,
no todos los grupos valen lo mismo ni tiene el mismo poder o influencia. En los
tiempos dominados por los medios de comunicación, la política correcta y el
pensamiento coercitivo, lo que cuentan son los grupos de presión. Con el género ya está logrado hasta el punto
de retornar al derecho penal de autor (las penas dependen de quien cometa el
delito y no del hecho en sí) y a los tribunales especiales, algo expresamente
prohibido en nuestro ordenamiento constitucional, y en cuanto a otras
cuestiones como las étnicas o religiosas, el coladero del concepto “cultura”
está sirviendo igual para un roto que para un descosido, para la exención de
una norma o para la discriminación positiva. La Viceconsejería del Mayor de la
Ciudad de Melilla ha decidido reservar el primer turno de los viajes de baño
(pagados con erario público) a los abuelos de la comunidad musulmana para que
no interfiera en su festividad del Aid El Kebir. El turno para disfrutar de ese
viaje se adjudica pues según criterios religiosos en lugar de atender a
criterios neutros como el orden de inscripción, porque los abuelos y las
abuelas ya no lo son, ni siquiera son individuos, ya solo son un grupo.

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